Miedo

Hacía solo 4 años que todo había empezado pero a ellos les parecía un mundo, al fin y al cabo él, Miguel, solo tenía 12 años y Sonia, su hermana, no pasaba de los 10, por lo que esos 4 años suponían una gran parte de sus cortas vidas.

Tenían muy pocos recuerdos de su padre, pues murió siendo muy pequeños, al poco de nacer Sonia y por ello no se podía decir que le echaran de menos, aunque sí sentían muy a menudo el anhelo de haberle conocido más.

Cuatro años atrás, Raquel, su madre, se casó con Ignacio, un reputado zoólogo que había recorrido durante varios años los cinco continentes en su faceta de investigador y cansado de tantos viajes había decidido, unos meses atrás, aceptar una oferta como profesor en la Universidad.

Durante el primer año de matrimonio Miguel y Sonia encontraron en Ignacio a ese padre que nunca llegaron a conocer. Todos eran muy felices o lo hubieran sido sino fuera por una expresión de tristeza que de vez en cuando aparecía en el rostro de su madre.

Tras ese primer año las cosas cambiaron, sobre todo su madre, que pasó poco a poco de ser una persona alegre y muy vitalista a alguien que parecía tener pocas ganas de vivir. En muchas ocasiones estaba como ida, completamente ausente, como si le diera igual lo que ocurría a su alrededor. Por esas fechas dejó su trabajo y todos achacaban a eso el cambio de carácter.

Las noches dejaron también de ser el remanso de paz que antaño habían sido y empezaron a verse alteradas por los gimoteos de su madre.

Todo el mundo empezó a compadecer a Ignacio por lo que tenía que aguantar viviendo con una mujer que parecía estar enloqueciendo por momentos y el siempre respondía con resignación que era su destino.

Una noche Sonia no pudo aguantar más los gritos de su madre y fue a la habitación de su hermano.

  • ¿Qué es lo que le pasa a mamá?
  • No se, Sonia, pero nosotros no podemos hacer nada, ya está Ignacio cuidándola
  • Aun así me gustaría ir a su habitación, puede que así se calme
  • Está bien, solo un momento.- dijo Miguel echandose la bata por encima

Los dos niños salieron de la habitación y se acercaron silenciosamente al dormitorio de su madre. Según se acercaban escucharon que junto a los gemidos de Raquel, había otros ruidos que la acompañaban, como si alguien estuviera dando golpes; sin duda su madre en su locura debía estar provocando esos ruidos.

Al abrir la puerta de la habitación un terrible espectáculo apareció ante sus ojos, su madre estaba tirada en el suelo mientras su padrastro la golpeaba el cuerpo con la hebilla de su cinturón.

Al verse observado posó sus ojos inyectados en sangre sobre los niños

  • ¿Os gusta mirar?.- les dijo con una mirada de odio acercándose amenazadoramente hacia ellos, mientras sus manos empuñaban una jerinquilla que había recogido de la mesilla
  • Una pequeña dosis y podréis mirar todo lo que querais y ni siquiera querréis marcharos

Desde aquel momento las cosas cambiaron drásticamente para todos, durante el día, en presencia de otras personas, Ignacio era la amabilidad personificada, el marido perfecto, el padre ideal, por las noches se vestía el traje del terrible torturador y sometía a su madre a todo tipo de vejaciones mientras ellos lo presenciaban completamente paralizados por la sustancia que Ignacio les inyectaba.

Con el tiempo se enteraron, porque él mismo se lo contó jactándose de ello, que se trataba de un veneno de una araña que vivía en la selva amazónica.

  • Una pequeña dosis y no podréis mover las extremidades, un poco más y no seréis capaces de hablar mientras duran sus efectos, que como habéis podido comprobar vosotros mismos son de unas dos horas. Mezclado con esta droga de diseño anula completamente la voluntad, como os podría confesar vuestra madre si dejara de darle su dosis diaria.- les decía Ignacio todas las noches cuando les pinchaba con la jeringuilla.

Por la memoria de Miguel pasaban esas imágenes sombrías a gran velocidad, recordando muy a su pesar lo que había sido su vida. Mientras seguía absorto en sus pensamientos, frente a él seguían presentando las esculturas de arena de playa que participaban en el concurso.

Hacía un año habían estado en esa misma playa, en unas vacaciones que solo merecían ese nombre a la luz del día, pues cuando el Sol se ocultaba regresaba el horror a sus vidas.

Hacía una año y aunque lo recordaba a la perfección le parecía que había ocurrido hacía siglos. Ese día también habían ido a la playa, al lugar donde Ignacio se convertía en el padre ideal que nunca tuvieron.

  • Cubridme las piernas con arena, hasta la cintura.- les decía ante la mirada complaciente de las personas que paseaban por allí; "un padre jugando con sus queridos hijos" pensaban todos mientras su madre dormitaba aun bajo los efectos de la droga.
  • Te toca.- dijo misteriosamente Miguel a Sonia que se levantó tranquilamente y sin decir nada se dirigió hacia el agua.
  • ¿Qué es lo que le toca?.- preguntó intrigado Ignacio atragantándose en la última palabra al ver aparecer una jeringuilla en las manos de Miguel.
  • Ya sabes, una pequeña dosis y no te podrás mover, un poco más y no podrás hablar.- le respondió mientras le clavaba la aguja en el hombro.- Serán solo dos horas pero suficientes.- sonrió Miguel ante el gesto de terror que se había congelado en el rostro de Ignacio.

En ese momento los gritos de Sonia alteraron la paz de la playa. Todos, salvo Miguel se volvieron hacia el mar donde la niña parecía pugnar por no ahogarse. Todos, excepto Miguel, corrieron hacia la orilla para sacar a la niña que lo único que acertaba a decir entre sollozos y balbuceos era "mi padre, buscad a mi padre, la ola se lo ha tragado". Miguel se levantó en ese momento sobre un pequeño montículo de arena, con las manos manchadas como si hubiera estado construyendo castillos. Tras una corta carrera se fundió en un emocionado abrazo con su hermana.

Durante todo el día los serviccios de rescate buscaron sin éxito al padre los niños, sin embargo al llegar la noche decidieron abandonar y lo declararon como una víctima más del terrible océano, otro ahogado que sucumbía al inmenso poder de las corrientes marinas.

A partir de ese día las noches volvieron a ser tranquilas y por primera vez en mucho tiempo pudieron disfrutar de ellas.

Su madre poco a poco fue recuperando su voluntad y ese día, una sonrisa, la primera en mucho tiempo, afloró a sus labios mientras contemplaba la escultura de arena ganadora, un hombre tumbado con una expresión de auténtico pánico en el rostro que su autor había titulado muy acertadamente "Miedo"

Barajas de Melo 2010