Cuando éramos pobres

Mi abuela siempre me contaba historias de cuando éramos pobres.

Yo aún no había nacido, ni siquiera mis padres, y mis abuelos no eran más que niños como yo.

En aquella época no tenían casa y viajaban de un lado a otro buscándose la vida.

No celebraban la Navidad, ni siquiera sabían que existía por lo que nunca recibían regalos de Papa Noel ni de los Reyes Magos, y a pesar de eso a mi abuela se le llenaban los ojos de amargas lágrimas al añorar aquellos tiempos.

Nuestro techo, decía, eran las estrellas; las paredes, el verde de las plantas; la bañera, los pequeños remansos de agua que aparecían por doquier a lo largo del río que les daba la vida; los juguetes, su desbordante imaginación al unirla con cualquier cosa que encontraban. No se hacían regalos porque todo era de todos y por eso no tenía sentido regalar nada.

Un día aparecieron unos hombres del Gobierno y les hablaron con dulces palabras de la civilización, del progreso y de todo lo bueno que les esperaba si abandonaban su triste vida de pobreza.

Todo el grupo les siguió hasta los suburbios de una gran ciudad donde aprendieron a vivir civilizadamente. El progreso entró de lleno en sus vidas, ya no dormían al raso en un claro de la selva contemplando las estrellas, ahora tenían un techo, de paja pero techo al fin y al cabo; ya no se refugiaban entre el follaje de los árboles pues ahora tenían paredes entre las que protegerse, eran de barro pero seguían siendo igualmente paredes, algo que nunca habían tenido ni tan siquiera imaginado.

Como ya tenían una casa no tenían que ir de un lado a otro recolectando frutos y cazando animales, ahora solo tenían que acercarse al vertedero cercano donde podían encontrar los restos de comida con los que alimentarse.

Aprendieron a tener posesiones, pequeños objetos que encontraban y que guardaban celosamente de las miradas codiciosas de los demás.

También aprendieron a celebrar la Navidad, aunque a cambio olvidaron otras celebraciones con las que animaban su pobre vida anterior.

Los niños recibían juguetes, juguetes rotos con los que se divertían durante esas fechas mientras el resto del año aprendían a ser civilizados.

Mientras mi abuela me contaba esas historias, me recordaba lo afortunada que era al no haber nacido en aquella época, en una familia tan pobre que no tenía nada, como cuando ella vivía en la jungla donde lo único que les sobraba para regalar y compartir era la amistad, el amor y la libertad.

Getafe 2007