Historias

Relación de historias extrañas con las que me encuentro en mi deambular neuronal.

El número telefónico

Lo leí el otro día en el periódico, tres líneas tan solo, únicamente tres renglones, siete palabras y un número de teléfono bastaron para saber que al fin, habías regresado.

Al abrir el periódico tuve un presentimiento, un escalofrío convulsionó mi cuerpo, de alguna forma intuí que contenía un mensaje para mí, dirigido solo a mí, aunque yo no era más que el náufrago que en lugar de lanzar una botella al agua, la recogía del ancho mar.

Al ir pasando las páginas del diario empecé a notarlo más fuerte, la suave fragancia de tu perfume inundó la habitación guiándome por el laberinto de tinta y papel, de pronto el aroma se hizo más intenso, como para eliminar cualquier atisbo de duda que pudiera albergar, tu olor a pino con unas gotas de azahar me señaló un rincón del periódico, prácticamente oculto, a salvo de miradas indiscretas, pues solo la mía debía tener el privilegio de contemplarlo. Lo leí una y otra vez, sediento de tus palabras, con los ojos humedecidos al volver a escuchar tu voz, volví a descubrir la calidez de tu boca susurrándome al oído, que prácticamente ya había olvidado.

Habían tratado de convencerme para que te olvidara, pues decían que nunca volverías, incluso intentaron borrar tu recuerdo de mi mente, sin saber que estaba grabado a sangre y fuego, la sangre del amor y la llama de la pasión, pero yo no se lo permití, resistí su acoso con la certidumbre que algún día nos reuniriamos y la vida, nuestra vida, volvería a estar entera, sin fracturas, restaurando las grietas que como crueles heridas surgieron de esta penosa separación.

Estoy ansioso por marcar el número, esa llave maestra que me volverá a abrir tus puesrtas, que me dará acceso otra vez a todo tu ser. Deseo fervientemente volver a escuchar tu voz, dejarme arrullar por ella y dormirme entre tus brazos como antaño. ¡Dios, te echo tanto de menos!.

Tengo tantas cosas que contarte que no sabré por donde empezar, quizá me vuelva a quedar mudo, como cuando nos conocimos, cuando solo sabía tartamudear en tu presencia y lo único que salía de mi boca eran monosílabos entrecortados. Debía parecerte tan increíblemente tonto...

Pero ahora, por fin estás aquí, solamente nos separa marcar un número de teléfono y mi vida volverá a tener sentido. Estos años sin tí he sido un muerto en vida, figúrate trataron de meterme en la cabeza que habías muerto, que habías tenido un accidente terrible, que un camión había arrollado tu coche, ¡qué estupidez!, cuando ellos saben tan bien como tú o como yo que no puedes morir, que antes perezco yo pues sin tí no existo, tu eres mi vida, mi Andrea.

Este tiempo de soledad ha sido una auténtica pesadilla, una tortura sin compasión, un ser y no ser, aquí encerrado entre las paredes de este centro psiquiátrico, pero ni aún así han conseguido vencer mi férrea voluntad, no han acabado con mi esperanza de volver a verte y ahora se que este maravilloso sueño se hará realidad. Ya marco el teléfono, con mis temblorosos dedos, tu tímido Guillermo al fin va a hablar contigo...

Unos ojos negros se asomaron a la ventana de la habitación. Su rostro no delataba la menor emoción. Abrió la puerta con serenidad y atravesó su hueco cuidando no pillarse la inmaculada bata de enfermero al cerrarla. Tomó entre su manos el descolgado teléfono y marcó un número interior, mientras contemplaba la sombra del enfermo que se balanceaba sobre su cabeza.

Al colgar sus ojos se dirigieron al periódico tirado en el suelo, estaba abierto por la sección de anuncios breves y uno de ellos estaba marcado con rotulador.

"Guillermo, soy Andrea,
he vuelto, llamame.
Teléfono: 398463."

El enfermero marcó con cierto recelo el número mientras esperaba que llegaran sus compañeros. La impersonal voz de un contestador salió del auricular.

Este número está fuera de servicio.

Getafe 1996

Cuando éramos pobres

Mi abuela siempre me contaba historias de cuando éramos pobres.

Yo aún no había nacido, ni siquiera mis padres, y mis abuelos no eran más que niños como yo.

En aquella época no tenían casa y viajaban de un lado a otro buscándose la vida.

No celebraban la Navidad, ni siquiera sabían que existía por lo que nunca recibían regalos de Papa Noel ni de los Reyes Magos, y a pesar de eso a mi abuela se le llenaban los ojos de amargas lágrimas al añorar aquellos tiempos.

Nuestro techo, decía, eran las estrellas; las paredes, el verde de las plantas; la bañera, los pequeños remansos de agua que aparecían por doquier a lo largo del río que les daba la vida; los juguetes, su desbordante imaginación al unirla con cualquier cosa que encontraban. No se hacían regalos porque todo era de todos y por eso no tenía sentido regalar nada.

Un día aparecieron unos hombres del Gobierno y les hablaron con dulces palabras de la civilización, del progreso y de todo lo bueno que les esperaba si abandonaban su triste vida de pobreza.

Todo el grupo les siguió hasta los suburbios de una gran ciudad donde aprendieron a vivir civilizadamente. El progreso entró de lleno en sus vidas, ya no dormían al raso en un claro de la selva contemplando las estrellas, ahora tenían un techo, de paja pero techo al fin y al cabo; ya no se refugiaban entre el follaje de los árboles pues ahora tenían paredes entre las que protegerse, eran de barro pero seguían siendo igualmente paredes, algo que nunca habían tenido ni tan siquiera imaginado.

Como ya tenían una casa no tenían que ir de un lado a otro recolectando frutos y cazando animales, ahora solo tenían que acercarse al vertedero cercano donde podían encontrar los restos de comida con los que alimentarse.

Aprendieron a tener posesiones, pequeños objetos que encontraban y que guardaban celosamente de las miradas codiciosas de los demás.

También aprendieron a celebrar la Navidad, aunque a cambio olvidaron otras celebraciones con las que animaban su pobre vida anterior.

Los niños recibían juguetes, juguetes rotos con los que se divertían durante esas fechas mientras el resto del año aprendían a ser civilizados.

Mientras mi abuela me contaba esas historias, me recordaba lo afortunada que era al no haber nacido en aquella época, en una familia tan pobre que no tenía nada, como cuando ella vivía en la jungla donde lo único que les sobraba para regalar y compartir era la amistad, el amor y la libertad.

Getafe 2007

Miedo

Hacía solo 4 años que todo había empezado pero a ellos les parecía un mundo, al fin y al cabo él, Miguel, solo tenía 12 años y Sonia, su hermana, no pasaba de los 10, por lo que esos 4 años suponían una gran parte de sus cortas vidas.

Tenían muy pocos recuerdos de su padre, pues murió siendo muy pequeños, al poco de nacer Sonia y por ello no se podía decir que le echaran de menos, aunque sí sentían muy a menudo el anhelo de haberle conocido más.

Cuatro años atrás, Raquel, su madre, se casó con Ignacio, un reputado zoólogo que había recorrido durante varios años los cinco continentes en su faceta de investigador y cansado de tantos viajes había decidido, unos meses atrás, aceptar una oferta como profesor en la Universidad.

Durante el primer año de matrimonio Miguel y Sonia encontraron en Ignacio a ese padre que nunca llegaron a conocer. Todos eran muy felices o lo hubieran sido sino fuera por una expresión de tristeza que de vez en cuando aparecía en el rostro de su madre.

Tras ese primer año las cosas cambiaron, sobre todo su madre, que pasó poco a poco de ser una persona alegre y muy vitalista a alguien que parecía tener pocas ganas de vivir. En muchas ocasiones estaba como ida, completamente ausente, como si le diera igual lo que ocurría a su alrededor. Por esas fechas dejó su trabajo y todos achacaban a eso el cambio de carácter.

Las noches dejaron también de ser el remanso de paz que antaño habían sido y empezaron a verse alteradas por los gimoteos de su madre.

Todo el mundo empezó a compadecer a Ignacio por lo que tenía que aguantar viviendo con una mujer que parecía estar enloqueciendo por momentos y el siempre respondía con resignación que era su destino.

Una noche Sonia no pudo aguantar más los gritos de su madre y fue a la habitación de su hermano.

Los dos niños salieron de la habitación y se acercaron silenciosamente al dormitorio de su madre. Según se acercaban escucharon que junto a los gemidos de Raquel, había otros ruidos que la acompañaban, como si alguien estuviera dando golpes; sin duda su madre en su locura debía estar provocando esos ruidos.

Al abrir la puerta de la habitación un terrible espectáculo apareció ante sus ojos, su madre estaba tirada en el suelo mientras su padrastro la golpeaba el cuerpo con la hebilla de su cinturón.

Al verse observado posó sus ojos inyectados en sangre sobre los niños

Desde aquel momento las cosas cambiaron drásticamente para todos, durante el día, en presencia de otras personas, Ignacio era la amabilidad personificada, el marido perfecto, el padre ideal, por las noches se vestía el traje del terrible torturador y sometía a su madre a todo tipo de vejaciones mientras ellos lo presenciaban completamente paralizados por la sustancia que Ignacio les inyectaba.

Con el tiempo se enteraron, porque él mismo se lo contó jactándose de ello, que se trataba de un veneno de una araña que vivía en la selva amazónica.

Por la memoria de Miguel pasaban esas imágenes sombrías a gran velocidad, recordando muy a su pesar lo que había sido su vida. Mientras seguía absorto en sus pensamientos, frente a él seguían presentando las esculturas de arena de playa que participaban en el concurso.

Hacía un año habían estado en esa misma playa, en unas vacaciones que solo merecían ese nombre a la luz del día, pues cuando el Sol se ocultaba regresaba el horror a sus vidas.

Hacía una año y aunque lo recordaba a la perfección le parecía que había ocurrido hacía siglos. Ese día también habían ido a la playa, al lugar donde Ignacio se convertía en el padre ideal que nunca tuvieron.

En ese momento los gritos de Sonia alteraron la paz de la playa. Todos, salvo Miguel se volvieron hacia el mar donde la niña parecía pugnar por no ahogarse. Todos, excepto Miguel, corrieron hacia la orilla para sacar a la niña que lo único que acertaba a decir entre sollozos y balbuceos era "mi padre, buscad a mi padre, la ola se lo ha tragado". Miguel se levantó en ese momento sobre un pequeño montículo de arena, con las manos manchadas como si hubiera estado construyendo castillos. Tras una corta carrera se fundió en un emocionado abrazo con su hermana.

Durante todo el día los serviccios de rescate buscaron sin éxito al padre los niños, sin embargo al llegar la noche decidieron abandonar y lo declararon como una víctima más del terrible océano, otro ahogado que sucumbía al inmenso poder de las corrientes marinas.

A partir de ese día las noches volvieron a ser tranquilas y por primera vez en mucho tiempo pudieron disfrutar de ellas.

Su madre poco a poco fue recuperando su voluntad y ese día, una sonrisa, la primera en mucho tiempo, afloró a sus labios mientras contemplaba la escultura de arena ganadora, un hombre tumbado con una expresión de auténtico pánico en el rostro que su autor había titulado muy acertadamente "Miedo"

Barajas de Melo 2010

La casa al final del camino

El ulular de la lechuza llenaba la noche mientras se acercaban en silencio a la casa. Ninguno de los cuatro recordaba de quien había sido la idea, pero según veían crecer la casa a medida que se acercaban se iban autoconvenciendo que la ocurrencia no era tan buena como al principio les había parecido.

Se trataba de una casa muy antigua, más bien un viejo caserón que llevaba bastantes años abandonado, del que se contaban terribles historias sangrientas sobre sus ocupantes y pensaron que sería el lugar ideal para pasar la noche de Halloween.

Cuando traspasaban el umbral de la puerta, el aullido de un perro de alguna casa cercano les provocó un escalofrío que les recorrió toda la espalda.

Los cuatro muchachos entraron hasta la sala principal y la iluminaron con la vacilante luz de sus linternas. A su alrededor se veían paredes desconchadas, decoradas por temblorosas arañas que se balanceaban al ritmo que les marcaba una suave brisa. En un rincón una chimenea en la que se acumulaba una gran cantidad de polvo y basura mezclado con los restos del último fuego que años atrás calentó la estancia. En el centro una gran mesa de madera en la que todavía reposaban los platos vacíos de la última cena no servida.

Una cucaracha paseaba indolente entre los platos como si después de tanto tiempo todavía pudiera encontrar algún resto de comida.

En una de las paredes laterales, una puerta comunicaba con lo que en tiempos pretéritos fue la cocina; ahora solo se veían torres de platos y vasos que se acumulaban en el fregadero a la espera que alguien los lavase.

En la pared del fondo una gran puerta de cristal daba paso a lo que debió ser un bucólico jardín, pero que hoy día no era más que una intrincada selva en la que uno esperaría encontrar cualquier bicho desagradable. Por suerte la puerta estaba atrancada y lo mismo que ellos no podían salir por ahí, las ratas que sin duda se escondían en la maleza tampoco podrían entrar.

En la otra pared una puerta flanqueada por dos imponentes armaduras conducían a una especie de sala de estar presidida por una biblioteca carcomida por las termitas. Los sofás que reposaban silenciosamente bajo una gruesa capa de polvo no estaban en mejores condiciones y tanto polillas como carcoma debían haber hecho su trabajo, pues parecían a punto de derrumbarse sobre sí mismos.

Junto a la puerta una escalera de caracol subía al piso superior donde era de esperar que se encontrasen los dormitorios.

El criptógrafo

Sin duda había sido un golpe de suerte, era plenamente consciente de ello, pero también sabía que la diosa Fortuna estaba detrás de muchos de los más grandes descubrimientos.

Había caído por azar en sus manos y como si de un juego se tratara había comenzado a usar el propio azar para descifrarlo aunque sabía de sobra que ese no era el método acertado.

Mientras operaba con el mensaje imaginaba las felicitaciones que recibiría y sobre todo las miradas de envidia con las que le premiarían sus compañeros.

Espoleado por este pensamiento se afanó en desentrañar el mensaje oculto utilizando distintos métodos manuales.

Se quedó con las letras que ocupaban una posición prima:
DE ULE AEI NP RCLITE EE.
pero no le decía nada.

Luego atacó buscando las letras que seguían los pasos de FIBONACCI:
DDE UT OV
pero tampoco le aclaraba nada.
A continuación hizo una transposición de letras, sustituyendo cada una por su siguiente, según el orden del abecedario:
EF WVFMUB FÑ HFUBGF. WJBKF CJFÑ DPÑ QPDP USBGJDP Z MMVWJB JÑUFSNJUFÑUF EFTEF MFSNB.
pero tampoco tenía sentido.

No quedaba más remedio que utilizar la fuerza bruta, el ordenador daría con el mensaje oculto, pero tampoco importaba porque el mérito sería igualmente suyo.

Estaba a punto de terminar por undécima vez, un sudor frío recorría su frente mientras en la pantalla se volvía a materializar una vez más, como en el resto de las ocasiones anteriores, el mensaje original. Ni los algoritmos más perfectos que tenía habían conseguido desentrañar su misterio.
Una lágrima de rabia y frustración recorría su mejilla mientras contemplaba el maldito mensaje encriptado:
DE VUELTA EN GETAFE. VIAJE BIEN CON POCO TRAFICO Y LLUVIA INTERMITENTE DESDE LERMA.

Getafe 2013